Conversaciones circunvaladas


circunvalaciónUcrania. Una familia está sentada en torno a una mesa. Viandas y vodka acompañan la conversación. La madre se dirige al yerno: “Por cierto, Iván. Me pregunto cuándo hiciste el servicio militar”. Iván, pestañeando varias veces ante lo inusual de la pregunta, responde: “En 1987, cerca de la frontera con Rumania”. Silencio. Siguen comiendo. El padre sirve de nuevo vodka en pequeños vasos de barro cocido. La conversación recorre varios derroteros. Desde la situación política del país hasta el ruido causado por las reformas de las calles de la ciudad, pasando por los resultados de la liga de fútbol. Los temas van y vienen, se cruzan como si se trataran de esas grandes autopistas que circunvalan una gran ciudad. Puedes estar toda la vida conduciendo por ellas y nunca llegar al centro.

Llega el café. Ahora es el padre quien pregunta: “Iván, ¿y en qué departamento estuviste cuando hacías el servicio militar?”. Iván no sale de su asombro. Se pregunta el porqué de ese repentino interés por aquella etapa ya tan lejana en su vida. Tiene 43 años.

En el momento en el que Iván va a contestar, interviene la hija, Iryna, casada con Iván desde hace 10 años. “Padres, ¿por qué preguntan estas cosas a Iván?. ¿Acaso les preocupa algo?”. La madre contesta: “Nada, hija. Simplemente nos preguntábamos si no habría estado Iván en el departamento que investigó el accidente de Chernóbil”.

Se levantan de la mesa. Iryna e Iván salen a pasear. Tras unos minutos de silencio, Iván pregunta a Iryna: “¿A qué vinieron esas preguntas?”. Ella responde con aplomo. “Mis padres lo que quieren saber es por qué aún no tenemos hijos”. Otro largo silencio.  “Antes de preguntar directamente, han elaborado su propia teoría”. “¿Cuál?”, inquiere Iván. “Qué quizá, de haber estado en el departamento de investigación de Chernóbil durante el servicio militar, te hubieras quedado estéril”, sentencia Iryna. “No contemplan otra opción por el momento”.

La tarde transcurre tranquila. Y a la noche, la mesa vuelve a acoger a los comensales en torno a viandas y vodka. Y siguen las circunvalaciones de temas, autopistas de palabras que rodean el centro de la ciudad.

Una noche más, se prefiere vislumbrar a lo lejos los reflejos de las luces de edificios y puentes desde la carretera. Se decide que es mejor no entrar allí. Por si acaso, en el centro de la gran ciudad, a la luz de las farolas, acaban apareciendo respuestas que aún no se quieren o pueden escuchar.

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4 pensamientos en “Conversaciones circunvaladas

  1. ¿Y por qué tantos rodeos si no queremos, o podemos, llegar “al centro”?
    Yo soy más del “no meneallo”, ni siquiera desde lejos, si no estoy preparada.

    • Muy interesante tu opción, Anónimo. Lo que no se menea, efectivamente, no se mueve. Elegir el quedarte como estás es una alternativa entre muchas más. ¿no es estupendo saber que puedes elegir?

  2. Esto que cuentas pasa en todas las casas del mundo, a veces es mejor no saber la respuesta, pues en definitiva, o ya la sabes y no te gusta, o no la quieres saber porque no te gustaría lo que van a contestar.
    Todos tenemos miedo a mirar de frente a los problemas, más que por nosotros mismos por los demás.

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